8 sept 2009

SUCINTA INTRODUCCIÓN A LA POLÍTICA CORRUPCIÓN


Elevo este Opúsculo a mi admirado benefactor el Exmo. Sr. don Casimiro Curbelo. Secretario insular del PSC, Senador del Reino y Presidente del Cabildo de La Gomera. Corrupto integral que guarde el Partido vitaliciamente en todos sus cargos, para mayor abundancia en su propia hacienda.
No acostumbro a escribir para entretener; si lo consigo, mejor. Escribo para intentar transmitir una enseñanza o para ejercitar la crítica: es un canon didáctico de la ilustración, del libre pensamiento, que a fuer de parecer anacrónico procuro secundar.
La pretensión de este análisis es singularmente pedagógica. Se trata de proporcionar a los ciudadanos interesados en el fenómeno de la corrupción pública algunas claves básicas para poder comprender y contrastar las conductas corruptas descubiertas en un pasado inmediato que ya son historia, con las que se continúan descubriendo cada día, de plena actualidad.

La corrupción en sus múltiples formas –penal, administrativa y política- se manifiesta como una hidra con infinitas cabezas. Cuando se cercena una, se reproducen otras tantas más. Su descubrimiento y represión en la práctica es despreciable, teniendo en cuenta lo extendida que está. Parcialmente la situación se debe a las carencias del sistema judicial: la lentitud en los procedimientos, la falta de cualificación de jueces y fiscales o la falta de interés en las pesquisas e investigaciones son factores determinantes.
Tengo un grave problema de conciencia y por eso le he llamado –dijo el concejal de Urbanismo-: Usted es propietario de un magnífico solar y la ley me autoriza a darle el destino que me parezca más oportuno. Yo creo que aquí podría colocarse un jardín para recreo de los niños y ancianos del barrio, que bien lo necesitan. Para ello basta pintarlo de verde en el plano. Y así lo hizo. El propietario balbuceó consternado: Esto es mi ruina. En tales condiciones no me pagarán por él, compensaciones incluidas, ni un millón de pesetas. Sus lágrimas enternecieron al edil: No llore usted más. Dejaremos de momento que los niños sigan jugando en las calles. También hay que pensar en los obreros y empleados modestos que necesitan viviendas. Se lo pintaré de marrón y podrá edificar algunos pequeños bloques de pisos baratos. El promotor calculó que así valía el solar cien millones de pesetas y, cobrando ánimo, ponderó las ventajas de construir muchas y buenas torres de lujo que rehabilitarían la zona, reactivando de paso el sector de la construcción.
La autoridad, una vez más, demostró su buen corazón y se dio por convencida. Pero reconocerá –añadió- que no es justo que usted se enriquezca con los terrenos a costa de niños y ancianos. Podemos hacer, por tanto una cosa: Yo le pinto la parcela de rojo y usted cede al Ayuntamiento otro solar para el parque… ¡Acepto!, exclamó jubiloso el propietario y sacó la pluma dispuesto a firmar. No tan aprisa –dijo afablemente el concejal-, que aún no he terminado. Porque, además, deberá entregar al partido cuarenta millones de los ochocientos que le estoy haciendo ganar con la recalificación del suelo y, sobre ello, también deberá darme a mi otros cuarenta. ¿Cómo iba a dudar el promotor? Entre el rojo y el verde estaba el negocio y con la diferencia había para todos.
Amable lector: no creas que exagero. La historia es real y cotidiana. Y, si tú te asombras de lo que te he contado, yo me asombro de que haya alguien que todavía lo ignore. ¿Te creías, acaso, que los partidos se financian con las cuotas de los militantes?¿No te ha llamado nunca la atención el encumbramiento súbito de un presidente de un Cabildo, de un Alcalde, de un Concejal o de un vecino y de sus familiares, amigos y socios?
La corrupción acompaña al poder como la sombra al cuerpo. Quien dispone de poder, es decir, de la facultad de influir sobre otros mejorando o perjudicando su destino, está sometido a la tentación de otorgar sus favores a cambio de una contraprestación especial. La corrupción pública empieza cuando el poder que ha sido entregado por el Estado a una persona a título de administrador público –o sea, para gestionarlo de acuerdo con los intereses generales- no es utilizado correctamente sino que el gestor, defraudando la confianza de sus mandantes, desvía su ejercicio para obtener su enriquecimiento personal: el poder se vende y se compra en detrimento de los intereses públicos y de las intenciones de la ley. Siempre ha sido así. El poder no corrompe necesariamente, pero es una tentación constante a la que no todos saben resistir.
Se conocen testimonios de corrupción pública desde el momento mismo en que las sociedades adoptaron una organización de las que hoy llamamos públicas; más pocas descripciones pueden superar en antigüedad y precisión a la que aparece en el poema castellano Rimado de Palacio escrito a finales del siglo XIV por alguien que tenía motivos sobrados para conocer cómo funcionaban los negocios cortesanos: el Condestable de los reyes de Castilla Pero López de Ayala.
La verdad es que las prácticas corruptas han sido lamentadas siempre, pero no han escandalizado nunca. Algo así como la enfermedad o el hambre y, en el ámbito social, la violencia o los impuestos. Todo ello forma parte de la cultura mediterránea y muy particularmente de la cristiana. Para el cristiano la corte celestial está presidida por Dios Padre, al que únicamente se puede acceder a través de sus administradores terrenales y de sus intercesores celestiales que, por fortuna, son corruptibles.
En la tierra y en el cielo operan innumerables intercesores, intermediarios y patronos jerarquizados y especializados, de tal manera que el que quiere obtener una gracia divina sabe a quién acudir y el precio que le cuesta. Para facilitar más las cosas, los clérigos organizan una publicidad de cada patrono. Hay santos y santas eficaces para toda clase de males: para el dolor de muelas, para las enfermedades de la vista, para encontrar objetos perdidos o una buena novia, para atraer la lluvia, para evitar la tormenta y hasta san Antonio se recomienda para lograr imposibles y a san Dimas y a Santiago para dar el triunfo a los violentos. Sin olvidar, claro es, a la Virgen María, que es la intercesora más excelsa y la que cuenta con mayor publicidad, incluso acompañada de música, como en las admirables Cántigas de Santa María escritas en el siglo XIII en galaico-portugués por Alfonso X el Sabio.
En definitiva, el pecador puede librarse del castigo si cuenta con buenos intermediarios y el glotón comer carne en días de abstinencia si adquiere bula. El precio es variado: sin menospreciar la eficacia de los actos de amor y piedad, oraciones y penitencias, los administradores terrenales recomiendan con énfasis especial los económicos. Encender una vela a un santo ya es eficaz, pero mucho más una buena limosna y nada digamos una donación en vida o un legado testamentario para construir una capilla o ampliar un convento.
Las cortes terrenales están organizadas a imagen y semejanza de la celestial que acaba de ser descrita. En cada reino hay un monarca justiciero pero inaccesible. Para llegar a él es preciso servirse de intermediarios y estos exigen dinero por sus gestiones. La enorme distancia que separa al poder de los súbditos se acorta con un puente por cuya utilización hay que pagar peaje. Nada más sencillo. El que no quiera o no pueda pagar el precio del atajo ha de ir por el camino ordinario que no lleva a ninguna parte, se queda sin los beneficios del poder y expuesto a todos sus rayos.
El poder abstracto es quizás puro, pero al operar se materializa en formas corruptas. El soberano es quizás justo, pero sus administradores son corruptos. Mientras haya poder habrá corrupción porque ésta acompaña a aquel como la sombra al cuerpo. Así ha sido siempre y así continuará siendo porque no son tiempos como aquellos en los que Jesús de Nazaret expulsaba a los mercaderes del templo y Martín Lutero a los vendedores de bulas.
Dentro del Estado oficial descrito en la Constitución con unos Poderes majestuosos y armónicos, en el que todo está pensado para defensa de los ciudadanos y garantía de los intereses generales, hay otro Estado semiclandestino que es donde realmente se desarrolla la vida pública. Las salas de palacio solo se utilizan para los actos de ceremonia; la administración cotidiana discurre en pasillos laberinticos  en los que resulta imposible encontrar salida sin cierta ayuda. Hay una entrada para señores y una entrada de servicio; hay ascensores y escaleras. En los corredores tenebrosos de los servicios públicos solo hay una luz que ilumine: la corrupción.
El soborno es aceite que abre todas las puertas, motor de todas las facilidades, indulgencia de todos los perdones, llave de todas las arcas, polvo de arena que ciega a jueces e inspectores, viento en popa para los negocios, seguro de políticos cesantes, trampolín hacia el éxito. En el frontispicio de los edificios públicos, donde figura en mármol la leyenda de Justitia est fundamentum regnorum, ha de leer el ciudadano experimentado que <>
(Continuará)
Alonso Trujillo

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